El criptocircuito ruso se está construyendo como una herramienta para pagos transfronterizos, pero la presión de las sanciones está reduciendo gradualmente el corredor para acceder a los mercados internacionales. Esta paradoja pone en duda la viabilidad económica de toda la estructura. La cuestión no es si el proyecto sobrevivirá, sino quién saldrá ganando y quién perdiendo.

En la comunidad profesional no hay consenso sobre para quién se crea principalmente la infraestructura criptográfica regulada. Por un lado, es una extensión orgánica del régimen legal experimental (EPR) a un círculo más amplio de participantes. Por otro lado, es un intento de sacar el mercado sumergido de facto existente al ámbito legal, haciéndolo sujeto a impuestos y controlado por el GAFI.

Los principales beneficiarios aquí son el Estado en la persona del Banco Central, el Ministerio de Finanzas y el Servicio Federal de Impuestos, así como las grandes instituciones financieras. Para ellos, el criptocircuito es una forma de legalizar los flujos existentes, reducir los riesgos de ALD/CFT y obtener nuevas herramientas para préstamos e inversiones. Para las empresas de comercio exterior, es una oportunidad de ampliar su gama de productos digitales y atraer inversores internacionales sin temor a sanciones secundarias.

Sanciones: ¿amenaza o catalizador?

Muchos temen que los elementos de infraestructura del circuito queden sujetos a sanciones secundarias. Sin embargo, la práctica demuestra que el sistema puede adaptarse. Ya se están aplicando medidas para reducir riesgos: interacción con soluciones autorizadas en los países de la CEI, gestión de la emisión de stablecoins basada en bancos, así como el uso de alternativas como los activos financieros digitales (AFD) y la tokenización.

Es importante entender: el aislamiento total del criptocircuito ruso es técnicamente imposible. La naturaleza descentralizada de las monedas digitales no permite bloquear completamente la entrada y salida de fondos. El sector DeFi está tan desarrollado que cualquier barrera solo estimulará la búsqueda de vías alternativas. El sentido económico del circuito no es crear un "muro chino", sino proporcionar al mercado una herramienta legal para sortear las restricciones fiduciarias.

¿Quién gana y quién pierde?

A largo plazo, solo aquellos que puedan adaptarse a las nuevas reglas saldrán ganando. Los grandes bancos ya están desplegando su propia infraestructura y están listos para trabajar con instrumentos criptográficos. El capital pequeño y mediano, así como las startups, probablemente perderán. Tienen tres opciones: migrar a otras jurisdicciones, vender sus desarrollos a los bancos o crear productos de nicho que aún no sean demandados por los gigantes.

La regulación inevitablemente dará "luz verde" solo a los actores institucionales con grandes bases de clientes. Para los usuarios minoristas y las pequeñas empresas, esto significa un desplazamiento gradual hacia la zona gris o una pérdida total de competitividad.

Opinión de expertos

El criptocircuito ruso no es tanto un intento de eludir las sanciones, sino una etapa inevitable en la evolución del sistema financiero. Sin embargo, el riesgo clave radica en que el regulador, en su afán de control, pueda sofocar la innovación. Si los bancos comienzan a absorber startups y los proyectos independientes se van al extranjero, corremos el riesgo de obtener no un mercado competitivo, sino una estructura monopolizada con altas barreras de entrada. En este escenario, solo los grandes actores ganarán, mientras que el consumidor se quedará con opciones limitadas y comisiones elevadas.