El escenario de extinción de la humanidad debido a la inteligencia artificial no es ciencia ficción, sino un riesgo muy real que los expertos estiman entre un 10 y un 30%. Sin embargo, ahora tenemos un «Plan A»: una hoja de ruta que, según sus autores, no solo puede frenar la carrera, sino también mantener el control humano sobre la superinteligencia.
El documento AI 2040: Plan A fue presentado por Daniel Kokotailo, exinvestigador de OpenAI que abandonó la empresa en abril de 2024 debido a diferencias fundamentales en cuestiones de seguridad. En 2025 fundó el proyecto AI Futures Project, que elaboró este ambicioso escenario.
Cómo debe el «Plan A» detener la carrera
La idea clave es un acuerdo internacional entre Estados Unidos y China, que debería firmarse en 2029. Sin él, como predicen los autores, la automatización del desarrollo de la IA ocurriría ya en 2030, lo que provocaría un crecimiento explosivo e incontrolable.
En su lugar, los países se comprometen a desarrollar redes neuronales solo hasta el nivel de los mejores expertos humanos. Para 2035 se introduce una pausa total en el desarrollo para preservar el control humano. Y solo en 2040 se levanta el «freno de emergencia», y la IA alcanza el nivel de superinteligencia, pero ya en un entorno seguro y verificable.
El plan se basa en cuatro principios: ganar tiempo para la investigación en seguridad, transparencia total en el desarrollo, descentralización de la IA entre empresas y países, y la reversibilidad de todos los procesos.
Verificación y destrucción mutua
Para que las partes confíen entre sí, los autores proponen utilizar la verificación física. Los grandes centros de datos son visibles desde el espacio: es imposible ocultarlos. El primer paso: los países declaran públicamente las compras de chips de IA. Luego se introduce una pausa temporal en los nuevos entrenamientos, controlada por sensores en las instalaciones.
El elemento más radical es la «destrucción mutuamente asegurada de la capacidad computacional». Siguiendo la lógica de la disuasión nuclear, se propone construir los nuevos centros de datos de China en Canadá, y las instalaciones de EE. UU. en Mongolia. En caso de conflicto, el país anfitrión intentaría apoderarse de la capacidad, y el propietario la destruiría para que no caiga en manos del enemigo.
Economía y consecuencias sociales
Los cálculos son impresionantes: la capacidad computacional mundial crecerá de 20 millones de equivalentes H100 en 2026 a 60 mil millones para 2034. El crecimiento real del PIB de EE. UU. en ciertos períodos de la década de 2030 alcanzará el 50% anual, frente al 3% habitual.
Sin embargo, la automatización desplomará el empleo: del 62% en 2027 al 12% en 2040. Para compensarlo, se proponen «dividendos ciudadanos»: pagos a cada adulto estadounidense con los ingresos del Estado por licencias de computación y robots. Pronósticos: $45 000 por persona en 2032, $1 millón para 2035 y $10 millones para 2039.
Escenarios alternativos
Los autores previeron cuatro caminos de respaldo. El Plan B: EE. UU. crea una coalición y presiona a China hasta con ciberataques. El Plan C: intento de acuerdo, pero bajo la presión empresarial la pausa se levanta rápidamente, lo que lleva a una oligarquía. El Plan D: regulación mínima y una carrera con riesgo de guerra. El Plan S: una parada total e indefinida que, muy probablemente, se desmoronaría, devolviendo la carrera en condiciones menos controladas.
Mi opinión experta: El «Plan A» suena a ciencia ficción, pero su lógica es impecable. El problema es que requiere un nivel sin precedentes de confianza y coordinación global, justo lo que nos falta ahora. En un mundo donde la tensión geopolítica aumenta y las ganancias de la IA se cuentan en billones, las posibilidades de una pausa voluntaria hasta 2040 tienden a cero. Sin embargo, el simple hecho de plantear la pregunta —«cómo sobrevivir, no cómo acelerar»— ya es un paso adelante significativo para la industria.