En marzo de 2025, la firma del decreto para crear una reserva estratégica de bitcóin en Estados Unidos generó una ola de optimismo en el mercado. Se esperaba que la economía más grande del mundo comenzara a comprar activamente la primera criptomoneda, lo que se convertiría en un potente motor de demanda. Sin embargo, como demostró el tiempo, la realidad resultó ser mucho más prosaica que las ruidosas promesas.

Declaración en lugar de acciones

Inicialmente, la industria percibió la iniciativa como un avance. En la lista de activos potenciales para la reserva se incluyeron BTC, ETH, SOL, XRP y ADA. El mercado reaccionó con un aumento, esperando compras gubernamentales a gran escala. Sin embargo, ya en la cumbre de criptomonedas en la Casa Blanca quedó claro: la administración apuesta exclusivamente por el bitcóin, mientras que las demás monedas quedaron fuera de la estrategia principal.

El matiz clave que cambió la percepción de toda la iniciativa fue el mecanismo de llenado de la reserva. Contrario a las expectativas, la reposición no se planea con fondos presupuestarios, sino exclusivamente con activos confiscados en casos penales y civiles. Como subrayaron en la administración, el proyecto «no le costará ni un centavo a los contribuyentes». En esencia, esto no es crear nueva demanda, sino simplemente transferir bienes decomisados a un estatus de almacenamiento a largo plazo.

Barreras burocráticas y falta de objetivo

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dejó clara la posición: no comprar bitcóin con fondos públicos, conservar las monedas ya acumuladas y reponer la reserva solo con activos incautados. Posteriormente, mencionó la búsqueda de formas «presupuestariamente neutrales» de ampliar las existencias, pero no se presentaron mecanismos concretos.

Para 2026, se descubrió que incluso la estructura básica de la reserva se había estancado debido a desacuerdos entre las agencias federales. El Tesoro, al que se le asignó la gestión, no posee, según los funcionarios, la experiencia suficiente para trabajar con un activo tan específico. La Casa Blanca sigue buscando el modelo de gestión óptimo, lo que solo retrasa el proceso.

El proyecto de ley más ambicioso, la Ley Bitcoin de la senadora Cynthia Lummis, que proponía la compra de hasta 200 000 BTC anualmente durante cinco años, no encontró apoyo en el Congreso. El documento alternativo, ARMA, ya no contiene el objetivo de 1 millón de monedas, sino que solo consolida el orden de almacenamiento actual.

Contexto global: quién actúa y quién habla

En este contexto, otros países demuestran un enfoque más pragmático. Kazajistán, por ejemplo, está formando una Reserva Estratégica Nacional de Criptomonedas con una estructura clara: se definen las fuentes de reposición (incluyendo parte de las reservas de oro y divisas y bienes decomisados), se designan un administrador y un custodio, y se establece un plan de inversión. El Salvador continúa comprando públicamente bitcóin en pequeñas cantidades, mientras que Bután lo acumula mediante la minería con excedentes de energía hidroeléctrica.

Estados Unidos, por el contrario, ha dado un ejemplo de inacción. Su reserva es más un nuevo régimen de almacenamiento de monedas confiscadas que una herramienta completa de política financiera. No tiene una función clara: no suaviza los shocks, no garantiza la estabilidad del dólar ni resuelve ninguna tarea específica.

Mi evaluación experta: La reserva de bitcóin estadounidense es un claro ejemplo de cómo una declaración política ruidosa puede crear una falsa impresión de cambio de paradigma. Mientras detrás de la cifra de 328 372 BTC no haya ni un objetivo ni un mecanismo, esta reserva sigue siendo solo un artefacto estadístico. La magnitud de la reserva por sí sola no garantiza su importancia. Los cambios reales ocurren donde hay una estrategia clara, no solo declaraciones ambiciosas.