Estados Unidos registra por segundo año consecutivo un número récord de quiebras entre grandes empresas. En la primera mitad de 2026, 372 grandes corporaciones estadounidenses quebraron, la cifra más alta desde 2010. El año anterior, el indicador fue casi idéntico: 371, también un récord para el mismo período. Sin embargo, si se profundiza, detrás de estas alarmantes cifras se esconde un panorama mucho más complejo y revelador.

Estabilidad en la cima y crisis en la base

Como muestra mi análisis, basado en datos del experto independiente Shanaka Perera, el número de quiebras de grandes empresas no se dispara, sino que parece estancado en una meseta de 16 años, con un aumento de solo el 0,27%. El mayor impacto se concentró en tres sectores: industria (50 solicitudes), sector de consumo (35) y salud (26). Se trata de empresas públicas y grandes privadas, no de todo el tejido empresarial del país.

Paralelamente, en el mercado crediticio se observa una dinámica paradójica. El diferencial de los bonos de alto rendimiento se redujo de 406 puntos básicos en marzo a aproximadamente 304 en junio, y el número de impagos de bonos con calificación cayó de 63 a 50. El pico del diferencial en marzo fue provocado en parte por el conflicto geopolítico en el Golfo Pérsico, pero el mercado parece ignorarlo.

Sin embargo, al descender al nivel de las pequeñas y medianas empresas, el panorama cambia drásticamente. El número de quiebras comerciales bajo el Capítulo 11 aumentó un 28%, hasta 4589, y las reorganizaciones de pequeñas empresas se dispararon un 50%, hasta 1663.

Dos mundos, dos polos crediticios

La diferencia entre estos dos mundos, en mi opinión, se explica por un factor simple: el acceso al capital. Las grandes empresas con calificación crediticia, que cotizan en bolsa, pueden refinanciar su deuda y sobrevivir. Las pequeñas empresas y los negocios privados con tipos de interés variables terminan en los tribunales de quiebras.

Es notable que el propio tribunal no funciona como una "morgue", sino como una barrera protectora: la deuda se convierte en propiedad y el negocio continúa operando. El año pasado, el 61,2% de los quebrados optaron por la reorganización, no por la liquidación.

Una bomba oculta en el mercado de deuda pública

Merece especial atención un riesgo del que casi nadie habla. Como señaló Nick Packrin, fundador de Coin Bureau y ex empleado de Goldman Sachs, la estructura de los tenedores de deuda pública estadounidense ha experimentado cambios fundamentales. En 2007, el 75% de los bonos del Tesoro de EE. UU. estaban en manos de compradores "insensibles" al precio: bancos centrales, la Reserva Federal y bancos comerciales. Hoy, su participación ha caído al 52%.

El espacio vacante lo han ocupado los fondos de cobertura, que realizan operaciones apalancadas financiadas con préstamos de recompra a corto plazo. Es aquí donde veo la principal amenaza. Cuando el mercado de recompra se "congela", estos fondos venden los títulos rápidamente y todos a la vez. Algo similar ya ocurrió en marzo de 2020, cuando la Reserva Federal tuvo que intervenir para detener el desplome.

La situación se agrava por el aumento del gasto público. Un déficit de 2 billones de dólares al año obliga a emitir cada vez más bonos del Tesoro, que presionan un mercado ya de por sí frágil. Mi conclusión principal: la próxima crisis en el mercado de bonos no vendrá de los rendimientos. No la provocará su precio, sino en manos de quién estarán estos títulos.

Opinión del experto: El mercado que observamos no es un organismo único, sino dos realidades paralelas. Mientras el gran capital se calienta con los rayos de la refinanciación barata, la pequeña empresa se asfixia. Y la vulnerabilidad oculta en la estructura de los tenedores de deuda pública es una bomba de relojería que podría detonar en el momento más inesperado. Los inversores deberían seguir de cerca la liquidez en el mercado de recompra.