En el centro del debate estadounidense sobre la vigilancia digital se encuentra la empresa Flock Safety. Su director ejecutivo, Garrett Langley, hizo una declaración inesperada, instando a la sociedad a buscar un equilibrio. Según él, absolutizar solo uno de los valores —la privacidad o la seguridad— lleva a un callejón sin salida.
«Cuando la gente habla solo de una cosa —de la confidencialidad o la seguridad—, sus prioridades están equivocadas. Como país, necesitamos llegar a un compromiso», subrayó.
Langley insiste: la tarea clave no es prohibir la tecnología, sino crear marcos estrictos y control sobre las acciones de las fuerzas del orden. Flock Safety se encontró en el epicentro del escándalo debido a sus videocámaras fijas, que recopilan datos sobre automóviles para investigaciones. Los ciudadanos temen la vigilancia total y los abusos por parte de la policía, pero la dirección de la empresa recuerda su eficacia: el sistema supuestamente ayudó a las autoridades en más de 1 millón de investigaciones y en la búsqueda de más de 10 000 personas desaparecidas.
¿Prohibir o regular?
El conflicto ha pasado al nivel político. El senador Bernie Sanders adoptó una postura radical, exigiendo la prohibición total de la tecnología. Su retórica es extremadamente dura:
«La empresa Flock [...] ha instalado casi 100 000 cámaras en todo el territorio de EE. UU. para rastrear cada uno de sus movimientos. ¿Va al médico? Flock lo sabe. ¿Lleva a su hijo a la escuela? Flock lo vigila».
En la Cámara de Representantes, un grupo de republicanos presentó un proyecto de ley que prohíbe a las autoridades federales comprar sistemas automatizados con reconocimiento facial y lectura de matrículas. El movimiento de protesta también está ganando impulso entre los ciudadanos comunes: desde lentes pintadas con spray hasta performances con carteles que dicen «Abajo Flock». En las audiencias de San Diego, uno de los oradores apareció disfrazado de Darth Vader, afirmando que «el emperador es fanático de Flock».
Bajo la presión pública, Flock ya ha hecho concesiones: el plazo de almacenamiento de datos se ha reducido de 30 a siete días, y el acceso a la información ahora requiere la introducción de un código de caso. La empresa está implementando auditorías adicionales y herramientas para detectar comportamientos anómalos. Langley también aboga por la adopción de leyes que criminalicen el uso ilegal de los datos de Flock, reconociendo que «hoy en día, en Flock y en muchas otras tecnologías, falta regulación».
Mi opinión: la historia de Flock es un ejemplo clásico de conflicto entre innovación y derechos humanos. La empresa intenta equilibrar, pero en su forma actual el sistema sigue siendo una herramienta de vigilancia masiva, no de seguridad puntual. Un verdadero compromiso solo es posible con total transparencia de los algoritmos y supervisión independiente, no con concesiones voluntarias bajo presión de las protestas.