La computación cuántica hace tiempo que dejó de ser una disciplina puramente académica. Hoy es un campo de batalla donde se cruzan los intereses de la ciencia fundamental, la seguridad nacional y los grandes capitales. La creación de máquinas de computación de nuevo tipo no es solo un desafío de ingeniería, sino un activo estratégico cuyo control determinará el equilibrio de poder en el mundo tecnológico durante décadas.

En esta carrera se pueden distinguir tres grupos clave de participantes. En primer lugar, los gigantes tecnológicos — IBM, Google, Microsoft y Amazon — que cuentan con recursos para inversiones a largo plazo. En segundo lugar, empresas especializadas como IonQ, Quantinuum, Rigetti y PsiQuantum, para las cuales las tecnologías cuánticas son su único negocio. Y finalmente, los laboratorios gubernamentales y las universidades que lideran la investigación fundamental.

La escala de participación de los estados es impresionante. Ya no se trata de subvenciones, sino de política industrial. La anunciada distribución de unos $2 mil millones del CHIPS Act estadounidense entre nueve empresas cuánticas es una confirmación directa de ello. Es notable que se espera que IBM reciba la mitad de esa suma — $1 mil millones — para crear la primera fábrica especializada en chips cuánticos de Estados Unidos. Además, la propia corporación se ha comprometido a invertir más de $10 mil millones en el desarrollo de esta área en los próximos cinco años.

La escala global de financiación varía radicalmente. China ha destinado alrededor de $17,5 mil millones a través de fondos de inversión regionales, el Reino Unido ha añadido £2 mil millones a su estrategia nacional, y Japón ha asignado ¥1,05 billones a la investigación en computación cuántica y chips. Incluso Canadá invierte más de $116 millones en tecnologías cuánticas de defensa. Es evidente que lo que está en juego es extremadamente alto.

Una capa aparte es la infraestructura en la nube. Amazon Braket y Microsoft Azure Quantum no construyen sus propios procesadores, sino que brindan acceso al hardware de otras empresas. Este es el primer modelo comercial exitoso, que evita a los clientes la necesidad de comprar equipos complejos y costosos como los criostatos.

Lo que es importante que el inversor entienda

El principal peligro para el inversor es perseguir los titulares llamativos sobre el «procesador de N cúbits». La cantidad de cúbits físicos es un indicador extremadamente débil si el sistema no puede corregir errores de manera efectiva. Hay que observar la precisión de las operaciones (fidelidad de las compuertas de dos cúbits), el tiempo de coherencia y la profundidad del circuito. Es fundamental distinguir entre un prototipo de laboratorio, un producto disponible en la nube y una presentación con una hoja de ruta para 2029.

La carrera por los números es un juego para los especialistas en marketing, no para los analistas. El progreso real no se mide por la cantidad de cúbits, sino por la capacidad del sistema para realizar cálculos útiles más rápido y con mayor precisión que las supercomputadoras clásicas. Son estos criterios, y no los comunicados de prensa llamativos, los que determinarán a los ganadores a largo plazo.

Mi opinión: la escalada de inversiones que se observa actualmente es una apuesta a que la computación cuántica se convierta en una nueva tecnología de infraestructura, similar a internet o los semiconductores. Sin embargo, pueden pasar años hasta que estas máquinas comiencen a generar un retorno comercial real. Los inversores deben ser extremadamente selectivos y evaluar no solo las declaraciones tecnológicas, sino también los modelos de negocio y las alianzas reales con los gigantes industriales.