Los padres fundadores de las revoluciones tecnológicas: por qué los genios a menudo permanecen en la sombra
Пасадена, finales de la década de 1930. El joven químico autodidacta Jack Parsons lanza cohetes caseros en el cañón de Arroyo Seco, cerca de Los Ángeles. Por las noches, se sumerge en el mundo de la esoterica y el ocultismo. Varias décadas después, sus desarrollos ayudarían a llevar a la humanidad al espacio. Parsons se convertiría en uno de los fundadores del Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL), y su contribución a la cohetería sentaría las bases del programa espacial estadounidense. Un cráter en la cara oculta de la Luna llevaría su nombre. Sin embargo, en vida murió en el olvido, y la prensa lo llamó «sacerdote del culto a la magia negra».
La historia de Jack Parsons es una trama arquetípica de cómo las ideas que cambian el mundo nacen en la periferia, entre personas que sus contemporáneos consideran excéntricas. Los Estados y las corporaciones están interesados en mantener el status quo. El experimento es un riesgo sin beneficio inmediato. Por eso, la novedad radical rara vez surge donde se concentran el poder y el capital. Una pequeña comunidad de afines no tiene una reputación que temer perder, ni superiores ante quienes avergonzarse por un fracaso. La periferia se convierte en laboratorio del futuro precisamente porque puede permitirse equivocarse.
Del «escuadrón suicida» a los motores de combustible sólido
Parsons comenzó sus experimentos en 1928 junto con su amigo de la escuela Ed Forman. En 1934, se les unió el estudiante de posgrado de Caltech, Frank Malina. La mayoría de los científicos de la época consideraban las conversaciones sobre vuelos espaciales como ciencia ficción, y por su serie de peligrosos experimentos, el grupo fue apodado el «escuadrón suicida». El principal invento de Parsons fue el combustible sólido compuesto, que podía moldearse en la forma deseada y producirse en serie. A esta tecnología se remontan los motores de combustible sólido del misil Minuteman y los propulsores laterales del transbordador espacial. Del «escuadrón suicida» surgió en 1943 el Laboratorio de Propulsión a Reacción, y un año antes, Parsons cofundó la empresa Aerojet, uno de los pilares de la industria aeroespacial militar de Estados Unidos.
La libertad como espada de doble filo
De día, Parsons era ingeniero. De noche, ocultista. En 1946, escribió el ensayo «La libertad es una espada de doble filo», que se convirtió en un manifiesto en defensa de la libertad individual contra cualquier poder represivo. Advirtió: «Cuando la mayoría pierde la libertad, la barbarie aparece en el horizonte. Pero cuando la minoría creativa renuncia a la libertad, llegan los Siglos Oscuros». La vigilancia, la desaparición de la privacidad, la apuesta por un puñado de disidentes: medio siglo después, estas ideas se convertirían en el credo del movimiento que daría al mundo el bitcoin.
Cypherpunks y el nacimiento de bitcoin
Los cypherpunks de la década de 1990 se convirtieron en la encarnación literal de la «minoría creativa» de Parsons. En 1992, el matemático Eric Hughes, el ingeniero Timothy May y el programador John Gilmore fundaron la lista de correo del mismo nombre, y un año después, Hughes publicó el «Manifiesto Cypherpunk» con la frase «los cypherpunks escriben código». De este entorno surgió bitcoin. En enero de 2009, el anónimo Satoshi Nakamoto minó el bloque génesis con el titular incrustado de The Times sobre un nuevo rescate bancario. En los primeros años, el destino del proyecto lo decidía un puñado de anónimos en foros, y el «dinero sin Estado» parecía un juguete para geeks. Pero en una década y media, se transformó en un activo bursátil aprobado por la SEC en 2024.
Sesgo de supervivencia
De la historia de Parsons es fácil sacar una conclusión demasiado general: como el futuro nace en la periferia, entonces cualquier idea perseguida tiene razón. Pero por cada idea que cambia el mundo, hay cientos y miles que fracasan. Los alquimistas nunca aprendieron a convertir el plomo en oro, y la frenología siguió siendo una curiosidad histórica. En la industria cripto, decenas de proyectos prometieron revolucionar el mercado, recaudaron enormes sumas de dinero y desaparecieron al cabo de unos años. El éxito de una idea se determina por si la tecnología funciona, si resuelve un problema real y si alguien está dispuesto a pagar por su implementación. La posición en la periferia otorga libertad para experimentar, pero por sí misma no garantiza nada.
Mi análisis: La historia de Parsons es un poderoso recordatorio de que las revoluciones tecnológicas a menudo son llevadas a cabo por forasteros que la sociedad está dispuesta a rechazar. Para la industria cripto, esta lección es especialmente relevante: las ideas «locas» de hoy en áreas como DeSci, las neurointerfaces o los estados en red podrían convertirse mañana en la base de una nueva realidad económica. Sin embargo, los inversores deben recordar que la periferia no es una garantía de éxito, sino solo un campo para experimentos, donde solo unos pocos sobreviven.