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17.06.2026
14:18

Padres fundadores: cómo los herejes, ocultistas y cypherpunks están cambiando el mundo

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La historia de la tecnología está llena de paradojas. Algunos de los avances más fundamentales —desde la cohetería hasta las criptomonedas— no fueron logrados por corporaciones o instituciones estatales, sino por marginados a quienes sus contemporáneos consideraban excéntricos o peligrosos locos. Analizamos este fenómeno a través del ejemplo de Jack Parsons, el hombre que estuvo en los orígenes del programa espacial estadounidense, y sus herederos ideológicos: los cypherpunks, que le dieron al mundo bitcoin.

Laboratorio en las afueras: el nacimiento de la era espacial

Jack Parsons, un joven químico autodidacta de Pasadena, a finales de la década de 1930 lanzaba cohetes caseros en el cañón de Arroyo Seco. Su obsesión por el espacio se combinaba con un profundo interés por la esoterica y el ocultismo, en particular por las enseñanzas de Aleister Crowley. Parsons era un arquetípico forastero: expulsado de la academia militar por una explosión, abandonó la universidad por falta de fondos y trabajó en una fábrica de pólvora. Junto con amigos y un estudiante de posgrado de Caltech, se unió al "escuadrón suicida": un grupo de entusiastas que la mayoría de los científicos consideraban soñadores.

Fue precisamente en este "laboratorio en las afueras" donde nació el combustible sólido compuesto: un invento que sentó las bases de los motores de combustible sólido de los misiles Minuteman y los propulsores laterales de los transbordadores espaciales. De este grupo surgió en 1943 el Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL), y Parsons se convirtió en cofundador de Aerojet. Según testimonios, Wernher von Braun llamó a Parsons el verdadero "padre de la cohetería". Un cráter en la cara oculta de la Luna lleva su nombre.

La espada de doble filo de la libertad

Parsons no solo era ingeniero, sino también un filósofo anarquista. En su manifiesto "La libertad es una espada de doble filo", advertía sobre la erosión de la privacidad, criticaba los "juramentos de lealtad" y la vigilancia estatal. Su principal esperanza residía en la "minoría creativa": un puñado de personas capaces de pensar de forma independiente y actuar en contra del sistema. "Cuando la mayoría pierde la libertad, la barbarie aparece en el horizonte. Pero cuando la minoría creativa renuncia a la libertad, llegan los Siglos Oscuros", escribió.

Medio siglo después, estas ideas se convirtieron en el credo de los cypherpunks: un movimiento de la década de 1990 que proclamó: "Los cypherpunks escriben código". Ellos, al igual que Parsons, veían en la tecnología (en su caso, la criptografía) una herramienta para proteger la libertad individual del Estado y las corporaciones. De su entorno nació bitcoin en 2009.

El ciclo: de la herejía a la corriente principal

La historia de Parsons y los cypherpunks ilustra un ciclo universal. La novedad radical casi siempre nace en la periferia, donde no hay una reputación que temer perder ni jefes ante quienes avergonzarse por el fracaso. La periferia se convierte en un laboratorio del futuro precisamente porque puede permitirse cometer errores.

Sin embargo, la revolución termina en el momento en que sus ideas se convierten en parte del nuevo orden. Internet libre se llenó de monopolios de plataformas. El código abierto se integró en el desarrollo corporativo. Y bitcoin, que comenzó como una herramienta para anónimos en foros, recibió en enero de 2024 la aprobación de los ETF al contado por parte de la SEC y ocupó un lugar entre los activos favoritos de Wall Street. Lo mismo está sucediendo con la inteligencia artificial: hasta hace poco era un nicho, y hoy es una carrera con apuestas de billones de dólares.

El sesgo del superviviente

De esta historia es fácil sacar una conclusión demasiado general: como el futuro nace en la periferia, entonces cualquier idea perseguida tiene razón. Pero esto es el sesgo del superviviente. Por cada revolución exitosa, hay cientos y miles de proyectos que nunca lograron engañar a las leyes de la física o la economía. En la industria cripto hay decenas de ejemplos: desde EOS, que recaudó $4 mil millones pero no se convirtió en el "asesino de Ethereum", hasta innumerables altcoins desaparecidas.

El éxito de una idea no está determinado por el origen marginal de esta, sino por si la tecnología funciona, si resuelve un problema real y si alguien está dispuesto a pagar por su implementación. Estar en la periferia da libertad para experimentar, pero por sí solo no garantiza nada.

Mi opinión: Hoy, las interfaces neuronales, la ciencia descentralizada (DeSci) y los estados en red aspiran a ser esa "idea periférica". El candidato más revelador es el movimiento por la IA abierta, que en su mecánica social repite casi literalmente a la comunidad cripto de hace una década. La historia no ofrece pronósticos preparados, pero enseña a reconocer tramas recurrentes. Lo que hoy parece una secta ridícula de geeks, mañana podría convertirse en una industria con estrategias estatales y presupuestos de billones de dólares. La cuestión es cuál de estos "excéntricos" tendrá razón.